Estirar es una de las prácticas más extendidas en la vida de todo deportista amateur. Se piensa que el estiramiento muscular antes de comenzar cualquier actividad física es beneficioso porque prepara al cuerpo para la serie de dinámicas estresantes que están por venir. Sin embargo, ¿es cierto esto?
 
Numerosos artículos en diversos países llevan alertando tiempo de la falacia. Pese a que entrenadores, monitores de gimnasio o profesores de educación física hayan inculcado este orden, puede acabar resultando contraproducente. Por ejemplo, desde la Universidad de Limerick en Irlanda se advierte que el estiramiento estático (tratar de alcanzar, de pie o sentado, los dedos de los pies sin doblar las rodillas; por ejemplo) no solo agota antes de un ejercicio intenso, sino que también nos deja más proclives a sufrir una lesión.
 
Esto se produce porque, al estirar, los músculos se tensan y las fibras se alargan, provocando un pinzamiento vascular, con la consiguiente disminución del riego sanguíneo y aportación de oxígeno, lo que da lugar, en consecuencia, a una peor función de la musculatura, algo que podría originar una lesión con mayor facilidad.
 
Desde Nevada se ha llevado esta tesis a la práctica. Un estudio de 2008 vino a demostrar que quienes estiran generan menos fuerza y velocidad que quienes no lo hacen, con diferencias de hasta un 30%. Por eso, calentar, como un trote ligero o movilización de nuestras articulaciones antes de la actividad física principal, es más efectivo como entrenamiento previo al ejercicio que estirar (lo cual puede ser aconsejable a posteriori, varias veces a la semana, para fomentar nuestra flexibilidad y relajación tras una actividad física).