La rotura fibriral consiste en un quiebre de las fibras que componen el músculo, bien por un traumatismo directo, como un golpe, o indirecto, como un estiramiento excesivo. El músculo es sometido a un alargamiento que no es capaz de soportar y consecuentemente se rompe. La rotura de fibras de un músculo es una lesión que puede producirse de 3 formas diferentes: de manera directa, como consecuencia de un golpe o contusión; con el estiramiento de un músculo, más allá de su capacidad natural, y de una forma indirecta, como consecuencia de una elocución brusca del músculo, generalmente producida por una contracción rápida y fuerte del mismo. Este tipo de roturas suelen ser más comunes en la musculatura del miembro inferior, que carece de gran flexibilidad, en músculos como el cuádriceps, los isquiotibiales, los aductores, los gemelos y el sóleo, aunque también pueden observarse en musculaturas del manguito retador o en la musculatura paravertebral. Entre los síntomas se puede detectar dolor en forma de pinchazo agudo, punzante y localizado, que a veces se describe como una pedrada. Cuando se trata de una lesión de deporte, el momento suele ser concreto. Además, el hematoma aparece normalmente a las 24 o 28 horas, aunque no siempre está presente. En ocasiones, también se detecta depresión o hundimiento, especialmente en los casos de desgarros grandes, y puede aparecer una deformidad importante si la rotura fibriral es completo. También puede detectarse incapacidad funcional y dificultad para continuar con la actividad deportiva y dolor en estiramientos y contracciones.